la caida es en subida...

Yo te saqué un día de allí y me encadene, te obedeci hasta donde pude mi genio amor

sábado, 10 de octubre de 2009

Prólogo / Sabado

De repente, fue momento de darse cuenta.
Decirlo en voz alta. Sus manos ya habían temblado, ya podría decir que había sobrevivido a las catarsis. No había derramado lágrimas, pero tampoco se había quedado quieto. Su obsesión se había transformado en algo peligroso, para el mismo.
El daño que se estaba produciendo en silencio era de más extravagante, pues su mente no dejaba de fabricar en ningún momento ideas. Algunas por de mas locas.
Lo que le pasaba a este muchacho tiene una fácil definición.
Una mujer.
Por demás mayor que el, por demás hermosa, por demás encantadora.
Y el sabia que si quería que ella lo observara, que no se alejara de el, debería actuar mas libremente.
Pero difícil eso cuando debía enfrentarse a sus propios temores, la mayor causa para lograr desestabilizar sus intentos de Gentleman.
Cada vez que se acercaba, sus cuerdas vocales se cerraban. Perdía todo el ingenio que lo caracterizaba frente a otras damas. Y se preguntaba, y jamás podía responder, porque le sucedía esto.
Si a pesar de todo, ella no era la más hermosa. Ella no era la más visionaria de las que había conocido. Ella simplemente tenía su encanto guardado justamente en eso, en el hecho de que era la única que lo obnubilaba, que lo desarmaba. Que lo estimulaba.
Pero estaba siempre lejana, en su propio limbo, en sus propias historias, en su propia vida.
Vida que el quería invadir con su presencia, para arrebatarle los momentos de felicidad y convertirlos en propios, transformarlos en simbiosis.
Por hoy ya fue, pensaba a la hora de dormir, pues al no tener la capacidad de soñar, podía olvidarse de ella un rato por lo menos, pero al despertar lo primero que atacaba su mente era la imagen de ella. Alguna de sus miradas. Algún suspiro.



La mañana de ese sábado no era distinta de las demás, su cara la ocupaba una sonrisa forzada para que la gente no le pregunte que le sucedía. Sus ojos miraban, pero sin ver, su mente estaba nuevamente dispersa en banalidades, pues era mejor convertirse en un idiota que en un psicópata.
La vida de pronto se estaba volviendo tediosa, la gente insoportable, el humo inalcanzable y los sueños, pesadillas.
Todo se estaba rompiendo en su cabeza.
Desde hacia mucho tiempo que no se desmoronaba así, varios años. Y ni siquiera de esta manera. Jamás su dolor había sido tan real, tan intenso. Y solo por algo platónico.
A diario se sentía desfallecer, pero recordaba que su instinto suicida ya no podía salir a flote, volver a revelarlo traería demasiadas consecuencias, nuevamente una catástrofe mental, que condicionaría y ataría aun mas su mente al peligro que recorría constantemente al caminar por esa cornisa, de la que estaba pensando, a pesar de la ambiguedad, dejarse caer.

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